La avenida respira. Por el asfalto, caliente como la sangre, transitan bulliciosos los vehículos. Cada autobús se acerca a la parada, segundos después de ser anunciada su llegada por los sacerdotes del grito, con sus siluetas desarrapadas. Cada camioneta lleva almas cautivas bajo el sol moribundo, el observador es un huésped silencioso, pero elocuente a la vez; una figura fascinante que controla el caos que lo rodea. El semáforo, en su báculo, es testigo de las cargas emocionales que transitan por su territorio.
¿Después de la luz verde las sudorosas almas nos disolvemos en la nada?

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