La tarde hierve en espeso calor. El aire es pesado con olor a vegetación calcinada. Sus pieles son un manto húmedo y pegajoso que chorrea electrolitos sin control.
Elena ubica la silla extensible a la sombra del árbol de mangos procurando una comodidad casi imposible.
Él, pensativo, se encuentra sentado en el sofá de la sala. Su mirada parece estar perdida en algún punto de la nada, en ese universo indefinible que solo puede ser percibido por la imaginación cuando la mente aguda se expande en una profunda reflexión ante el dilema de una decisión necesaria.
Sobre el techo de la casa de dos habitaciones, sus nietos juegan desprevenidos sin que ninguno de los dos tenga conciencia del peligro de una caída.
Sus tardes las ha ocupado en sentarse en ese sofá remendado, mientras piensa en aquella pregunta que levita en su cabeza y en la respuesta postergada que se repite día a día:
—No voy a hacerlo, ¡ni pensarlo!





