domingo, 24 de mayo de 2026

Grito silencioso


La tarde hierve en espeso calor. El aire es pesado con olor a vegetación calcinada. Sus pieles son un manto húmedo y pegajoso que chorrea electrolitos sin control.


‎Elena ubica la silla extensible a la sombra del árbol de mangos procurando una comodidad casi imposible.


‎Él, pensativo, se encuentra sentado en el sofá de la sala. Su mirada parece estar perdida en algún punto de la nada, en ese universo indefinible que solo puede ser percibido por la imaginación cuando la mente aguda se expande en una profunda reflexión ante el dilema de una decisión necesaria.


‎Sobre el techo de la casa de dos habitaciones, sus nietos juegan desprevenidos sin que ninguno de los dos tenga conciencia del peligro de una caída. 


‎Sus tardes las ha ocupado en sentarse en ese sofá remendado, mientras  piensa en aquella pregunta que levita en su cabeza y en la respuesta postergada que se repite día a día:


‎—No voy a hacerlo, ¡ni pensarlo!


sábado, 23 de mayo de 2026

‎El dinomultígrafo devorador de hojas ‎

 

En la claroscura penumbra administrativa de la dirección de la escuela «19 de Julio», resguardado entre rejas y una puerta de metal, habita —oculto a la mirada de los curiosos niños— un ser de engranajes al borde de la extinción. Es el último demiurgo de la era predigital. Un monstruo robusto, de hierro fundido color gris carbón industrial, hambriento de tinta, papel e instrucciones por multiplicar. Una bestia cuyo único destino era documentar, con precisión mecánica, el caos educativo.

‎Su operadora, la secretaria, lo alimentaba con esténciles sazonados con la firma y sello de la directora, hojas blancas vírgenes y una tinta negra como el corazón del sol que ardía puntual todas las tardes a la 1:00 p.m., hora sagrada de su merienda.

‎Hasta que una tarde, el dinomultígrafo enfermó de realidad.

‎—Clac, clac, clac—rugía, vomitando hojas amarillentas impregnadas del olor a formulario, planilla y lección muerta.

‎La secretaria lo observó, asombrada. El demiurgo no se había roto; se había rebelado. En lugar de copias nítidas, escupía el cansancio acumulado de años de repeticiones.

‎¿Acaso este aparato no fue el primer algoritmo: una máquina que repetía, mil veces, la misma orden, esperando que el mundo escolar, de tanto leerla, terminara por creerla?

miércoles, 20 de mayo de 2026

Claustrofobia adiposa

 


Diego viaja en el bus. Sus ojos, enturbiados por el sol ardiente, observan el jurásico urbano que transita tras la ventanilla: dinosaurios de concreto y algoritzombis buscando qué consumir en la espesa selva de locales y comercios.


Dentro del maltrecho vehículo todo huele a gasolina y humo. A su lado, una mujer deja caer todo su voluminoso cuerpo: jadeante, sudorosa, con olor a perfume barato. Diego siente una fuerza descomunal que, impiadosa, lo empuja contra el vidrio. Respira con dificultad al tratar de acomodarse, pero no lo logra.


En un instante de pánico, Diego ya no sabe dónde termina su cuerpo y dónde empieza el de ella. Los sudores se mezclan, los olores se confunden. Él ya no es un hombre junto a una mujer; son una sola masa jadeante de carne urbana.


¿No somos todos, en el hacinamiento de la existencia, apenas órganos de un mismo cuerpo enfermo, respirando el mismo aire envenenado?

martes, 19 de mayo de 2026

‎El misterio de las cucharas ‎

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En la cocina del colegio Virgen María empezaron a desaparecer cucharillas. Una, dos, cinco. La señora Socorro revisó las papeleras de basura, los bolsillos de los delantales, hasta el fondo del tanque de agua. Nada.


‎Luego siguieron los tenedores. En tres días, solo quedaron los cuchillos.


‎—Esta noche me quedo —dijo el señor Yfraín, armado con una linterna y un termo de café negro.


‎A las dos de la madrugada escuchó un tintineo. No venía del lavaplatos. Venía del suelo. Alguien —o algo— arrastraba los cubiertos por el piso de la cocina. Se asomó con mucho temor.


‎La oscuridad era espesa. Pero pudo ver las cucharillas y los tenedores moviéndose solos, formando un círculo perfecto. En el centro, algo con pelos rojizos se removía. Algo con colmillos y hambre.


‎El señor Yfraín gritó.


‎Al día siguiente, encontraron su termo vacío y una cucharilla clavada en la puerta del horno.


‎¿Y tú, no has visto nada misterioso en la cocina de tu casa al caer la noche?

domingo, 17 de mayo de 2026

‎La parada final ‎

 


‎Las palabras levantadas que excretaba la mujer herían de silencio al bullicio, con punzantes insultos dirigidos al hombre inerte, quien sin querer había depositado su peso sobre uno de sus pies. Allí quedaron sus dedos maltrechos con el esmalte rojo desconchado.

‎Dentro del vehículo de uso común para los desvividos, todos los pasajeros eran cuerpos multiformes luchando por ganar algo de oxígeno mientras eran encajados en un espacio sin lugar.

‎Una vez que llegaron a la parada de destino, la frustración de la mujer se hizo evidente cuando los cuerpos inertes fueron sacados de la furgoneta para ser examinados dentro de la morgue.

‎¿Y tú, lector, vas en esta furgoneta sin saberlo?

sábado, 16 de mayo de 2026

El infarto que le dio la libertad

 


«El único tráfico que nunca tuvo embotellamiento fue el de la soledad callada.» — Rodolfo Isaac Méndez, de El infarto que lo liberó 


El corazón—una masa sólida de soledades—yacía congestionado. Por sus arterias lipidosas circulaba, a la fuerza, un espeso líquido bermejo.

Finalmente, colapsó. Estalló en una repentina erupción que fue un golpe potentísimo en el pecho: un grito ahogado en la garganta pero dibujado en el rostro por el dolor. Y allí, flácido, cayó.

Quedó vencido, no por la muerte, sino por la vida que eligió: ancha de apetitos y estrecha de abrazos. Un diseño urbano existencial donde el único tráfico que nunca tuvo embotellamiento fue el de la soledad callada.

¿Acaso todo infarto no es, en el fondo, la rebelión final de un órgano que se niega a seguir bombeando una sangre espesada por las ausencias?