En la claroscura penumbra administrativa de la dirección de la escuela «19 de Julio», resguardado entre rejas y una puerta de metal, habita —oculto a la mirada de los curiosos niños— un ser de engranajes al borde de la extinción. Es el último demiurgo de la era predigital. Un monstruo robusto, de hierro fundido color gris carbón industrial, hambriento de tinta, papel e instrucciones por multiplicar. Una bestia cuyo único destino era documentar, con precisión mecánica, el caos educativo.
Su operadora, la secretaria, lo alimentaba con esténciles sazonados con la firma y sello de la directora, hojas blancas vírgenes y una tinta negra como el corazón del sol que ardía puntual todas las tardes a la 1:00 p.m., hora sagrada de su merienda.
Hasta que una tarde, el dinomultígrafo enfermó de realidad.
—Clac, clac, clac—rugía, vomitando hojas amarillentas impregnadas del olor a formulario, planilla y lección muerta.
La secretaria lo observó, asombrada. El demiurgo no se había roto; se había rebelado. En lugar de copias nítidas, escupía el cansancio acumulado de años de repeticiones.
¿Acaso este aparato no fue el primer algoritmo: una máquina que repetía, mil veces, la misma orden, esperando que el mundo escolar, de tanto leerla, terminara por creerla?