El diagnóstico llega como un parte de guerra urgente: células rebeldes... Su cuerpo se convierte en un campo de batalla donde la quimioterapia es veneno salvador y los neutrones bombas que atacan la metástasis cual guerrilla urbana. La guerra no es química, sino interior: una batalla silenciosa contra el miedo a dejar de ser, a perderse en la memoria de los seres amados. ¿Acaso la verdadera derrota no es morir, sino rendirse a la sombra del miedo?

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