Carlos, de siete años, jamás comprendió por qué carecía de eso que otros niños exhibían con naturalidad: una madre amorosa. Una tarde, sacó la moneda que atesoraba en su caja de madera —pequeño disco de plata que creía mágico— y decidió usarla para comprar lo que más anhelaba.
Corrió al hospital cercano a su casa y preguntó al vigilante:
—Señor, ¿dónde está la oficina para comprar una mamá cariñosa?
El vigilante, conmovido, lo guió a una habitación donde una mujer se recuperaba de un aborto espontáneo. Al escuchar el motivo de la visita, la mujer tomó la mano del niño entre las suyas —manos que horas antes habían acunado un vacío— y dijo con lágrimas brotando de sus ojos:
—Aquí me tienes. Pero ¿sabes lo mejor? No necesitas pagar nada, porque el amor verdadero es la única moneda que no se gasta en este mundo.
Carlos, por primera vez, sintió que su orfandad había encontrado un remedio. ¿Acaso el amor no es siempre un trueque entre dos soledades que se reconocen?