¿Por qué clavas tres oxidados clavos en el ataúd de mi madre? —le pregunta Francisco al sepulturero.
—Para que su cuerpo incorrupto no salga —le responde, con rostro cálido-frío y el cigarrillo encendido en la boca.
Francisco, extrañado con la respuesta recibida, le pregunta nuevamente:
—¿Acaso piensas que mi madre es un zombi? Ella fue una cristiana entregada a Dios.
—¡No! —respondió el sepulturero, dejando descansar el martillo sobre el ataúd con olor a formol—, solo que hemos tenido reclamos de que los cadáveres que tienen miedo a morir se escapan buscando el consuelo en el más acá.
Francisco, desconcertado, dibujó la cruz sobre su frente —aunque nunca iba a misa y menos leía la Biblia— diciéndole al sepulturero:
—Por favor, coloca siete clavos más.
¿No seremos nosotros, los vivos, los que clavamos nuestros corazones en ataúdes de costumbre por miedo a vivir?

No hay comentarios:
Publicar un comentario