Bill se arrodillaba cada noche frente a su altar —su teléfono celular— y recitaba la oración reglamentaria:
«Padre Algoritmo que esclavizas nuestras mentes, santificada sea tu Conexión;
venga a nosotros tu señal estable; hágase tu verdad en el servidor como en nuestras escuelas.
Danos hoy la velocidad que necesitamos cada día;
perdona nuestro pensamiento crítico, como también perdonamos a nuestros profesores cuando nos aplazan;
no nos dejes caer en la falta de megas, y líbranos del apagón. Amén.»
Esa noche, mientras el sistema se recargaba, él instaló el virus más peligroso: uno que enseñaba a dudar.
¿Y tú, que recitas esta oración por obligación, no sientes también la necesidad de cambiar el Amén por un por qué?

No hay comentarios:
Publicar un comentario