martes, 2 de diciembre de 2025

300.000 kilómetros por segundo

 


En el patio trasero, entre el olor a gallinero y a orine de chivos que solo a él le agradaban, Alberto había improvisado su taller clandestino. Una débil fortaleza de tablas podridas y zinc oxidado, escondido tras la mata de mangos como un secreto que todos conocían. Allí, lejos de la mirada de su madre —atenta a sus travesuras terrenales—, construía su nave espacial de chatarra y sueño: un cohete para navegar el vecindario desconocido del Sistema Solar.

Sus cómplices: Carlos, su hermano mayor de quince años; Ana Sofía, la vecina de catorce que olía a jabón azul; y José Ángel, el compañero de cuarto grado que creía en los planos dibujados en el cuaderno de matemáticas. Todas las tardes, después de la escuela, se encerraban en aquel útero de sombras y latón, manipulando tornillos, cables y planos mal dibujados.

Alberto, cada noche, no rezaba al Ángel de la Guarda, sino que conversaba imaginariamente con Einstein sobre la gravedad, el espacio y la luz. Sus plegarias eran cálculos: la elipsis de una órbita, el hipérbaton de un cable suelto.

El sábado en la mañana, llenó el tanque de la nave con estiércol de chivo fermentando, se colocó su casco —un tobo pintado de plateado— y accionó el interruptor. El patio estornudó, luego rugió, luego se desgarró en un silencio azul. Despegó. No con elegancia, sino con violencia . Sus cómplices lo vieron convertirse en un punto sobre sus cabezas, luego en un mito, luego en nada.

El viaje duró un día, o un parpadeo de un Demiurgo distraído.

Al regresar a aquel patio polvoriento todo era un espejo empañado por el transcurrir inclemente del tiempo. La casa se había encogido. Su hermano Carlos, ahora un hombre de cuarenta años con los ojos gastados, lo miró sin verlo. Su madre, una anciana de ochenta años cuyas arrugas eran mapas de países que Alberto no había pisado, murmuró desde la puerta: "¿Quién es ese niño sucio?".

Alberto, todavía con el olor a estrellas, lunas y cometas entre la ropa, hizo los cálculos finales. Su tiempo se había detenido y el de todos los demás había seguido corriendo.

¿Regresarás tú cuando por fin dejes de viajar?

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