«En la oficina del Registro Civil le negaron el Acta de Defunción: "Aún muestra signos de angustia existencial, señor. Vuelva cuando esté completamente muerto".»
— Funcionaria de la taquilla #3
Don Eusebio cumplió 76 años sin invitados. Sus únicos compañeros: el gato Óscar y el rencor acumulado en su habitación de la 3era calle del barrio «19 de Julio». La familia era un recuerdo lejano ya olvidado; los vecinos, fantasmas a los que saludaba brevemente durante su ritual matutino de ir a comprar el pan y los cigarrillos.
Aquella mañana, un silencio anormal lo despertó a las 4:00 a. m. Los gallos del patio de atrás no cantaron. Se sentó en el borde de la desgastada cama, cubrió sus delgados pies con las chancletas «petroleras» reparadas con trozos de alambre, en la manchada poceta miccionó con gotas de dificultad y puso a hervir agua en la olla encarbonada. El aroma del café se expandió por la habitación igual que cada madrugada.
Al encender su segundo cigarrillo, una fatiga brutal lo dobló sobre la mesa. Apoyó la cabeza en los brazos y se hundió en un sueño profundo.
Cuando despertó —siete días después—, el primer intento de respirar fracasó.
Sus pulmones no se expandían. Un frío sepulcral helaba su envejecida piel tatuada por las marcas del tiempo, sus poros no sudaban al calor del sol. Frente al espejo percibía en su rostro una palidez cadavérica. Fue entonces cuando lo supo: había muerto, pero su cuerpo inútil se negaba a aceptarlo.
¿Y tú? ¿Ya revisaste tu propio pulso existencial? Recuerda lo que dice la taquilla #3: solo cuando estés completamente muerto, y ya no sientas nada, podrás hacer el trámite final.

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