Diego viaja en el bus. Sus ojos, enturbiados por el sol ardiente, observan el jurásico urbano que transita tras la ventanilla: dinosaurios de concreto y algoritzombis buscando qué consumir en la espesa selva de locales y comercios.
Dentro del maltrecho vehículo todo huele a gasolina y humo. A su lado, una mujer deja caer todo su voluminoso cuerpo: jadeante, sudorosa, con olor a perfume barato. Diego siente una fuerza descomunal que, impiadosa, lo empuja contra el vidrio. Respira con dificultad al tratar de acomodarse, pero no lo logra.
En un instante de pánico, Diego ya no sabe dónde termina su cuerpo y dónde empieza el de ella. Los sudores se mezclan, los olores se confunden. Él ya no es un hombre junto a una mujer; son una sola masa jadeante de carne urbana.
¿No somos todos, en el hacinamiento de la existencia, apenas órganos de un mismo cuerpo enfermo, respirando el mismo aire envenenado?

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