sábado, 16 de mayo de 2026

El infarto que le dio la libertad

 


«El único tráfico que nunca tuvo embotellamiento fue el de la soledad callada.» — Rodolfo Isaac Méndez, de El infarto que lo liberó 


El corazón—una masa sólida de soledades—yacía congestionado. Por sus arterias lipidosas circulaba, a la fuerza, un espeso líquido bermejo.

Finalmente, colapsó. Estalló en una repentina erupción que fue un golpe potentísimo en el pecho: un grito ahogado en la garganta pero dibujado en el rostro por el dolor. Y allí, flácido, cayó.

Quedó vencido, no por la muerte, sino por la vida que eligió: ancha de apetitos y estrecha de abrazos. Un diseño urbano existencial donde el único tráfico que nunca tuvo embotellamiento fue el de la soledad callada.

¿Acaso todo infarto no es, en el fondo, la rebelión final de un órgano que se niega a seguir bombeando una sangre espesada por las ausencias?

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