El pedacito de papel está manchado de tristeza.
Las palabras dibujadas en su piel sudan nerviosas tartamudeando decisiones; no verdades ni sentimiento, solo decisiones.
Desplanchado esconde su vergüenza detrás de la caja de cigarrillos, la billetera rebosante de facturas por pagar y los dos metros de soga que aún olían a piel y a esperanza estrangulada.
La mujer, frotando sus manos sudorosas, observa con firmeza la bolsa de plástico transparente sin siquiera prestar atención a las explicaciones del funcionario de turno.
Ella no sabe qué pensar, no sabe qué declarar, no sabe cómo mentir.
Devuelve la bolsa sobre el escritorio oxidado del funcionario. El papelito coquetea con sus ojos, la invita a que lo acaricie; manipula sin saberlo sus pensamientos.
La mujer inhala un golpe de aire para llenarse de valor, recoge nuevamente la bolsa, abre el precinto de seguridad y con un movimiento brusco pero certero hace salir el diminuto documento.
Intenta estirarlo con sus dedos decorados con uñas color carmesí... se entera, entonces, del mensaje que la haría desvanecerse sobre el pálido piso de la comandancia policial: «Es un privilegio poder elegir el momento para decirte adiós».
¿Puede más la decepción que una promesa de amor?

Interesante nos deja pensando!!
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