La presión terminal que le imprimió a su cabeza con ambas manos diagnosticaba la inminencia del quiebre; sus globos oculares parecían átomos suspendidos a punto de estallar.
Sobre el cemento del laboratorio, el líquido que contenía el tubo de ensayo se derramaba en micropartículas.
¿Quién se presiona así la cabeza cuando sabe que lo que está a punto de romperse no es el vidrio, sino él mismo?

No hay comentarios:
Publicar un comentario