Pinocho, un niño tallado en madera del árbol del Conocimiento, tenía por costumbre decir siempre la verdad. Pero para el pueblo de mentira, fundado por Caín, a blasfemia sonaban sus palabras.
—¡Hey, el diluvio viene!— gritó.
Lo amarraron con cuerdas de salmos ásperas como pergaminos y lo quemaron en una hoguera hecha con biblias viejas y deshilachadas.
Su corazón de yeso, el mismo que Dios usó para tapar las grietas en los muros del cielo, fue lo último en desaparecer, quedando solo un cálido helado olor a tinta quemada.

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