Una familia cenando en silencio, sus miembros dispersos entre los descuajeringados espacios de la casa: Camilo, en su habitación; Katerin, su hermana de quince años, en el sofá de la sala; mamá en la cocina, y papá en la sala de estar; cada miembro abstraído en sus amorosos móviles como demandan las leyes de la sociedad.
Camilo, con sus nueve años, empieza a dar señales preocupantes de una condición que los especialistas llaman «Neuro Normalidad».
En la escuela, Camilo es observado atentamente por las cámaras conectadas por wifi a los implacables algoritmos, ya que en ocasiones ha intentado el contacto visual prolongado con sus profesores y establecer conversaciones interesantes con algunos compañeros.
Hace unas semanas fue enviado al Departamento de Desorientación porque le habían confiscado un libro de papel escondido en su morral, violentando claramente las sagradas normas del «Manual de no interacción humana» del centro educativo.
Otro día, en el baño del colegio, un niño le contó a Camilo: «Mi abuelo dice que antes la gente se abrazaba».
Era el primer hereje que conocía.
Audaz, en la clase de Silencio Activo, intoxicó a todos sus compañeros expresando a voz alta un juicio crítico sobre el exceso de las clases de redes sociales, activándose de inmediato el protocolo de emergencia escolar. Camilo fue llevado ante la directora, una mujer de mirada ensimismada, de tez arrugada y expresiones amargas. Ella, sin mostrar piedad, hizo citar a los descuidados representantes del escolar.
En la reunión, sus padres se sintieron asombrados y, sobre todo, avergonzados al oír el informe recitado por el supervisor de conductas: el algoritmo escolar mostraba un gráfico colorido de las interacciones típicamente humanas de Camilo.
—Su hijo—agregó la directora, visiblemente incómoda con la situación— presenta un 89% de conexión visual prolongada, algo moralmente inaceptable en nuestro prestigioso centro educativo.
—Lo más preocupante —continuó— es que el lunes intentó consolar abrazando a un compañero que lloraba. Eso es claramente un diagnóstico de «Neuro Normalidad Grado 3».
La madre, angustiada, apretó su teléfono de alta gama y preguntó:
—Directora: ¿Hay remedio para esta enfermedad?
—Sí — respondió la regente con la mirada aún más extraviada—, terapia de desensibilización empática. Si no se cura, les quitaremos el subsidio digital... —Sentenció sin titubear.
Pero tú, al leer esto, ¿no crees que el crimen más peligroso siempre será recordar la humanidad que perdimos, víctimas de la alucinante dictadura del algoritmo?




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