Las voces regresaron a su cabeza sin avisar. Se cubrió los oídos con sus temblorosas manos. Voces sin cuerpo, como entidades parasitarias que se enrollaban en su cerebro. En la mesita de noche esperaban sus soldados: las píldoras. Tomó una, luego otra, y otra más. El silencio llegó como un tsunami de algodón. ¿Acaso todos no tenemos voces que callar?

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