Detrás de las fangosas trincheras con olor a sangre fresca, se oyen los ecos de dolores marchitos. Lo que mantenía a Robert con la esperanza de sobrevivir eran las cartas que intercambiaba con su novia; llenas de promesas cómplices de un pronto reencuentro. Estaba convencido de poder salir de las fauces de ese monstruo que le ofrecía protección a cambio de defender una ideología ajena. Un día, inesperadamente, llegó a la trinchera la noticia de que su opresor se había rendido y con mucha esperanza salió de aquella garganta de terror rumbo al encuentro con su amada. En el camino recibió una de sus cartas que decía: «Mi querido Robert, ya no te afanes en venir, mis alas me han alzado en vuelo hacia el cielo infinito...»
¿Valió la pena sobrevivir a la guerra para morir en la paz?

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