Lo llamaban el malandro. En el corazón llevaba tatuado el odio que no le pertenecía.
La misma mano que apretaba el gatillo sin remordimientos era la misma con la que acariciaba a Canela, su perra coja que le lamía las cicatrices como si fueran heridas sagradas.
Un día, cuando guardaba en su chaqueta unos envoltorios de droga, consiguió una nota, estratégicamente escondida, que decía: «Papi te dibujé como mi superhéroe favorito».
Entonces, sin control, brotaron lágrimas en huída de sus ojos.
¿Acaso las lágrimas son la verdadera arma que derrumba a los hombres que el mundo juzga invencibles?

No hay comentarios:
Publicar un comentario