Las amigas inmortales coleccionan arrugas como heridas de guerra y guardan sus risas, con fecha de caducidad, en frascos de cristal. Cuando el párroco bendice sus canas, ellas sonríen con la sabiduría que solo ofrece lo vivido. ¿Será que la eternidad no es el cielo, sino seguir bebiendo café venezolano mientras el mundo se derrumba?

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